Si se cortan ramas al árbol caen los nidos y luego las otras ramas



– El fanatismo, como la estupidez, es otra enfermedad de las palabras, como aprendió pronto el escritor Rafael Sánchez Ferlosio en acertadas palabras de Antonio Lucas. La materia prima o clave de la estupidez es realmente la mentira, la trola que nos tragamos, nos sentimos estúpidos cuando nos engañan, y lo más probable es que el fanatismo entendido como entregarse a 1 causa más allá de lo recomendable sea hiperónimo de la estupidez humana como las mariposas de los insectos. No sé que cita o aportación, pero para el caso no puedo estar más de acuerdo con esas palabras ni aunque me engañe yo también, como alguna vez me ha sucedido casi siempre con palabras. Son esas ocasiones del tipo tierra trágame en las que como ha mediao engaño, hemos cerrao el puño y nos hemos aporreao en la cabeza maldiciendo la mala hora que dimos nuestro brazo a torcer y nos metimos en otro lío que nos podíamos haber ahorrao, de los que nos molesta y hasta pegamos buenos respingos cuando nos las sacan a relucir. Parece que las creencias se basan en la necesidad de creer en algo, como las preguntas sin respuesta producen las conspiranoias, pero de ahí a deducir que el resto estamos obligaos a creer en la ceguera de algunos fanáticos hasta el punto de dar la vida, o que nos la quiten, o perderla por algo que ni nos va ni nos viene, no se me ocurre ninguna forma mejor que combatirlo desde las raíces, y también con palabras. La cen sura desencadenada por las sucesivas persecuciones inquisitoriales matizan severamente los temas, los contenidos y en numerosas ocasiones la autoría de notorias piezas literarias de orígenes o fuentes que se difuminan en el tiempo, especialmente las de gustos más dudosos y por tanto más atrayentes para las épocas y generaciones sucesivas desde la utilización de la imprenta y el papel inventaos en China, lo que ha ido a peor. Si los anónimos no fueran suficientes, las atribuciones a religiosos de ambos sexos para salvar los obstaculos de la cen sura terminan por complicar las pequeñas vanidades de los estudiosos. Los cerca de 50 poemas eróticos que los cortesanos hicieron imprimir entre los atribuidos a Sor Juana Inés de la Cruz dan fe destas palabras. También está bajo sospecha la versión que se atribuyó a Tirso al imprimirla en 1630 y es posible que ni siquiera fuera revisada por el fraile mercedario. Como al final se da noticia de otra recreación posterior de Molière tampoco se puede decir que haya sido la mejor. Otras versiones recientes como la de Torrente demuestran que tampoco es la definitiva. Por los problemas para representar el Tartufo que acabaron con la suspensión, Molière tuvo que pensar en otra obra a toda prisa y tomó otra ya hecha para una nueva comedia. La figura de Don Juan gozaba de gran popularidad en Europa. El personaje de Tirso llegó a Francia a través de Italia con las adaptaciones de Giliberto y Cicognini y de los franceses Dorimond (Lyon, 1658) y Villiers en el Hôtel de Borgoña con estatuas parlantes y castigo final del libertino entre grandes llamaradas. La prisa obliga a Molière a escribir su versión de Don Juan en prosa, pero introduce una nueva faceta en su personaje. El burlador, el libertino, el incrédulo es elevado a alturas metafísicas insospechadas. Su Don Juan ya no lleva una mezquina contabilidad de sus seducciones y desafíos, quisiera que hubiera nuevos mundos para llevar a ellos sus hazañas como Alejandro Magno. Es un campeón de la libertad absoluta aunque la busque por el camino del mal y, por si fuera poco, se proclama en el quinto acto un émulo de Tartufo y en una brillantísima parrafada lanza sus terribles acusaciones contra los falsos devotos cuya cábala sabrá justificar sus crímenes y le defenderá contra todo y contra todos. Obtiene un gran éxito el día de su estreno el 15 de febrero de 1665.
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